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jueves, 17 de mayo de 2018

¿Te has preguntado alguna vez a que sabe realmente la comida o la bebida?


Hace un momento estando  en la cocina me quedé pensando en por qué suelo comer o beber determinadas cosas, a veces con cierta regularidad y me di cuenta que no es por el sabor del tipo de carne que escojo, de las verduras que utilizo o de las especies con las que sazono  sino que todo se debe a mis recuerdos, mis sueños, mis experiencias vividas y hasta a mis más ocultos secretos y “pecados”.

Voy a explicarte porque si no dirás que estoy loca, tal vez si un poco, o mucho seguramente, pero si lo analizas fríamente a lo mejor encuentres que en algo tengo razón.

Tal vez los ejemplos de comida no sean los que sueles comer pero piensa en los que escoges cuando vas a un restaurante y piensa en las memorias que ellos traen, yo te daré mis ejemplos y de pronto coincidimos

Empecemos por las raíces, tu primer hogar, el hogar de tus padres donde la mamá cocinaba o si no lo hacía, dirigía la preparación. Los almuerzos de los sábados eran ideales y lo que se servía esos días realmente no era importante aunque habían frijoles con carne, chicharrón y plátano frito, el puchero que es un caldo con distintos tipos de carnes, yuca, papas, acompañado de arroz y aguacate y otra variedad de platos, sin embargo lo importante era que ese día, el sábado, almorzábamos en familia y habían amigos o novios invitados por lo que el sabor de esos platos me da una sensación de amistad y alegría.

Los pescados y mariscos me encantan porque aunque vivo en el centro del país, muy lejos de la playa, me saben a mar, a playa, a vacaciones.

La pasta…ohhh la pasta, en cualquiera de sus formas, los espaguetis, la lasagña, los canelones con carne o espinaca y ricota, toda la pasta es un dulce pecado que nos hace soñar con Italia  pero pecado al fin y al cabo porque siempre hemos sabido que vamos a engordar unos kilitos pero no importa, pequemos que mañana haremos ejercicio o compraremos jeans nuevos de una talla más grande.

¿Y los quesos y el vino? Una botella de buen champagne es hoy en día muy costosa sin embargo podemos conseguir un vino espumoso a buen precio. Quesos, vino y fresas nos hacen pensar en romance, en música suave, en noche de pareja.

Si pensamos en pedir comida oriental, sushi, sashimi, ramen, lumpias y sake añoramos conocer una cultura opuesta a la nuestra, llena de misterio, de geishas, murallas, templos y cerezos en flor.

La comida mexicana nos sabe a tradición, a mariachis, a alegría. Los perros calientes o hot dogs y las hamburguesas con refresco de cola nos llevan a Disneyworld, a la niñez, a cuentos de príncipes y princesas.

Un buen brandy o un cognac nos hace pensar en un libro, una chimenea encendida, un gran sillón, probablemente recordamos a nuestro padre o abuelo, leyendo en una fría noche, a lo mejor de invierno.

Los postres y los dulces nos remontan a las fiestas infantiles, nos hacen pensar en esas lindas cajas de bombones de las cuales solo podíamos comer uno porque mucho dulce hace daño decía mamá

Los sandwichs, las frutas y los jugos nos regresan  al colegio, a la hora del recreo que era el momento más esperado del día ya que éramos libres de ensuciarnos y volver a casa mugrosos y con los pantalones o faldas rotos y las rodillas peladas

Así podría seguir y seguir describiendo comidas y bebidas que día a día o en ocasiones especiales consumimos y que son de nuestra predilección, pero ahora quiero invitarte a que cuando cocines o pidas algo de comer no solo pienses en su sabor y presentación sino en lo que ese plato que tendrás al frente o esa bebida que tomaras, trae a tu memoria, a donde te remonta, a que sabe realmente… ¿a tus recuerdos, a tus sueños o al desafío de pecar solo por hoy?

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