Hace un momento estando en la cocina me quedé pensando en por qué
suelo comer o beber determinadas cosas, a veces con cierta regularidad y me di
cuenta que no es por el sabor del tipo de carne que escojo, de las verduras que
utilizo o de las especies con las que sazono
sino que todo se debe a mis recuerdos, mis sueños, mis experiencias
vividas y hasta a mis más ocultos secretos y “pecados”.
Voy a explicarte porque si no dirás
que estoy loca, tal vez si un poco, o mucho seguramente, pero si lo analizas fríamente
a lo mejor encuentres que en algo tengo razón.
Tal vez los ejemplos de comida
no sean los que sueles comer pero piensa en los que escoges cuando vas a un
restaurante y piensa en las memorias que ellos traen, yo te daré mis ejemplos y
de pronto coincidimos
Empecemos por las raíces, tu
primer hogar, el hogar de tus padres donde la mamá cocinaba o si no lo hacía, dirigía
la preparación. Los almuerzos de los sábados eran ideales y lo que se servía
esos días realmente no era importante aunque habían frijoles con carne, chicharrón y plátano frito, el puchero que es un caldo con distintos tipos de
carnes, yuca, papas, acompañado de arroz y aguacate y otra variedad de platos,
sin embargo lo importante era que ese día, el sábado, almorzábamos en familia y
habían amigos o novios invitados por lo que el sabor de esos platos me da una
sensación de amistad y alegría.
Los pescados y mariscos me
encantan porque aunque vivo en el centro del país, muy lejos de la playa, me
saben a mar, a playa, a vacaciones.
La pasta…ohhh la pasta, en
cualquiera de sus formas, los espaguetis, la lasagña, los canelones con carne o espinaca y ricota, toda la pasta es un dulce pecado que nos hace soñar con
Italia pero pecado al fin y al cabo
porque siempre hemos sabido que vamos a engordar unos kilitos pero no importa,
pequemos que mañana haremos ejercicio o compraremos jeans nuevos de una talla
más grande.
¿Y los quesos y el vino? Una
botella de buen champagne es hoy en día muy costosa sin embargo podemos
conseguir un vino espumoso a buen precio. Quesos, vino y fresas nos hacen
pensar en romance, en música suave, en noche de pareja.
Si pensamos en pedir comida
oriental, sushi, sashimi, ramen, lumpias y sake añoramos conocer una cultura
opuesta a la nuestra, llena de misterio, de geishas, murallas, templos y
cerezos en flor.
La comida mexicana nos sabe a
tradición, a mariachis, a alegría. Los perros calientes o hot dogs y las
hamburguesas con refresco de cola nos llevan a Disneyworld, a la niñez, a
cuentos de príncipes y princesas.
Un buen brandy o un cognac nos
hace pensar en un libro, una chimenea encendida, un gran sillón, probablemente
recordamos a nuestro padre o abuelo, leyendo en una fría noche, a lo mejor de
invierno.
Los postres y los dulces nos
remontan a las fiestas infantiles, nos hacen pensar en esas lindas cajas de
bombones de las cuales solo podíamos comer uno porque mucho dulce hace daño decía
mamá
Los sandwichs, las frutas y los
jugos nos regresan al colegio, a la hora
del recreo que era el momento más esperado del día ya que éramos libres de
ensuciarnos y volver a casa mugrosos y con los pantalones o faldas rotos y las
rodillas peladas
Así podría seguir y seguir
describiendo comidas y bebidas que día a día o en ocasiones especiales consumimos
y que son de nuestra predilección, pero ahora quiero invitarte a que cuando
cocines o pidas algo de comer no solo pienses en su sabor y presentación sino
en lo que ese plato que tendrás al frente o esa bebida que tomaras, trae a tu
memoria, a donde te remonta, a que sabe realmente… ¿a tus recuerdos, a tus
sueños o al desafío de pecar solo por hoy?
No hay comentarios:
Publicar un comentario